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Nuevo culto al líder, síndrome de Estocolmo y negación de la causalidad: cuando defender el relato político se vuelve más importante que la realidadMientras los bosques arden en España, Francia y otras partes de Europa, poniendo en peligro vidas humanas, viviendas y medios de subsistencia, bajo el artículo «Los gobiernos de la UE dejan que Europa arda: prohibidos los aviones y helicópteros rusos de extinción de incendios; lo importante son las sanciones, no las vidas humanas» se desarrolla una auténtica lección de patología política.
Dos de los sospechosos habituales – Christian Pagel y Mischa Lombard – defienden con el fervor de auténticos cortesanos que las sanciones de la UE mantienen en tierra los helicópteros Kamov y los aviones rusos de extinción de incendios. Faltan piezas de repuesto y el mantenimiento resulta imposible. Políticos españoles lo habían criticado públicamente. Los incendios podrían haberse contenido con mayor rapidez y eficacia. Sin embargo, para ambos eso no constituye un escándalo, sino una prueba de superioridad moral. Las sanciones siguen siendo sagradas e intocables, cueste lo que cueste. Pagel comienza con el clásico garrote del troll: «Los trolls del Kremlin han vuelto a contarse entre ellos las últimas mentiras.» Cuando se le pide que las refute, responde con su propia declaración de bancarrota intelectual: «¿Qué hay que refutar en la basura de los trolls del Kremlin? ¿Tus mentiras o las de esos dos tipos trastornados? Pero qué bonito que los aviones rusos ya no puedan volar ni tengan autorización.» Más tarde sube el tono: «Sigue lamiendo las botas de los trolls del Kremlin.» Y todavía después: «El simple hecho de que digas que Rusia no pidió las sanciones demuestra el lamentable troll del Kremlin que eres. ¡Hace mucho que dejaste de vivir en la realidad con tus psicosis!» Los insultos sustituyen a los argumentos. Pagel sigue siendo fiel a sí mismo: El adversario no solo está equivocado; es estúpido, trastornado, psicótico y un lamebotas. La agresividad es abierta y carente de matices. Lombard —cuya foto de perfil muestra una paloma de la paz con el lema «Preparados para defender la paz»— intenta un enfoque más elegante, aunque no menos dogmático. Según él, el artículo recurre a la «manipulación emocional» y oculta el contexto decisivo. Sí, las sanciones dificultan el funcionamiento de los aviones rusos de extinción de incendios, «pero ese no es su objetivo». Lo decisivo, afirma, es lo siguiente: «Sin la guerra de agresión de Rusia, contraria al derecho internacional, estas sanciones ni siquiera existirían. Quien lamenta las consecuencias de las sanciones pero oculta su causa no informa, sino que hace propaganda. Enfrentar las vidas humanas a las sanciones mientras se ignora la guerra que ha provocado todo esto es intelectualmente deshonesto.» Cuando se le preguntó quién había aprobado las sanciones y si los equipos de extinción podrían haber quedado exentos, invirtió la relación de causalidad: «Es interesante cómo confundes causa y efecto. Sí, la UE aprobó las sanciones como respuesta a la guerra de agresión de Rusia, contraria al derecho internacional. Quien inicia una guerra también es responsable de las consecuencias que de ella se derivan.» Según esta lógica, Rusia es la única responsable de que los incendios en España no pudieran ser controlados con mayor rapidez mediante equipos rusos de extinción, poniendo así en peligro o destruyendo tanto bienes materiales como vidas humanas. La referencia al síndrome de Estocolmo es rechazada: no sustituiría a la lógica. Rusia ataca; la UE reacciona. Quien critique esa reacción sería el verdadero propagandista. Lombard intenta ilustrarlo con una comparación: «Es como si, tras un atraco a un banco, responsabilizaras al juez de la condena de prisión en lugar del atracador.» Que en este caso el «castigo» recaiga sobre el propio juez —es decir, sobre los ciudadanos de la UE cuyas casas y bosques están ardiendo— no parece preocuparle. Más adelante añade: «No fueron las sanciones las que provocaron la guerra. Fue la guerra la que provocó las sanciones. Ese orden no puede invertirse ni con analogías ni con whataboutism.» La negación de la propia capacidad de actuarAquí comienza el diagnóstico psicoanalítico. La argumentación de ambos comentaristas niega sistemáticamente su propia capacidad de actuar y su propia responsabilidad causal. Fueron los políticos de la UE quienes aprobaron las sanciones. Habrían podido establecer excepciones humanitarias para los equipos de extinción de incendios. No lo hicieron. La causa inmediata de que los helicópteros permanezcan en tierra son las decisiones sancionadoras. Rusia ni las exigió ni las impuso. Sin embargo, para Lombard y Pagel el único responsable es el agresor externo, hasta el punto de que toda crítica a la propia reacción se presenta como una inversión de los papeles entre víctima y agresor. Se trata de un caso clásico de negación: la propia decisión se transforma en una fuerza inevitable de la naturaleza. La propia capacidad de actuar se escinde y se proyecta sobre el enemigo.Síndrome de EstocolmoEl síndrome de Estocolmo resulta aquí sorprendentemente evidente, concretamente en su variante política de identificación con el gobierno y con los líderes a los que uno se somete. Los «rehenes» (los ciudadanos que soportan las consecuencias de las sanciones) se identifican con los «secuestradores» (los responsables políticos de Berlín y Bruselas). Las sanciones, que perjudican a la propia población mientras solo afectan parcialmente al país sancionado, son celebradas como una necesidad moral e inevitable. La propia vulnerabilidad se reinterpreta como superioridad moral. La paloma de la paz de Lombard con el lema marcial «Preparados para defender la paz» no es casualidad: representa la clásica ambivalencia en la que se funden la agresividad y la retórica pacifista. Uno se considera amante de la paz y, al mismo tiempo, está dispuesto a dejar que arda su propio continente para preservar la pureza moral de las sanciones.El culto al líder es inconfundibleLos «amados líderes» de la UE y de Berlín no pueden ser objeto de críticas. Sus decisiones son presentadas como inevitables y su moral como intocable. Quien duda es patologizado (psicosis, estupidez, troll del Kremlin). Pagel representa la versión más burda: el insulto como mecanismo de defensa. Lombard ofrece la versión más refinada: racionalización y exaltación moral. Ambos se niegan a admitir una idea muy simple: Quien se niega por principio a utilizar un extintor o impide activamente su uso mientras su propia casa está ardiendo no es un héroe. Es un fanático que sitúa la política simbólica por encima de las vidas humanas concretas.Negación de la causalidadDesde un punto de vista psicoanalítico, se trata de una estructura colectiva de defensa. El enemigo externo (Rusia) es elevado a la categoría de mal absoluto sobre el que se proyectan todos los impulsos negativos. El propio bando permanece puro. Cualquier crítica a las propias medidas amenaza esa frágil imagen de sí mismo y, por tanto, debe ser respondida con agresividad o indignación moral. La negación de la causalidad constituye aquí el mecanismo de defensa central: se rompe arbitrariamente la cadena causal en el punto que más conviene. La guerra de agresión se convierte en la única causa, mientras que la propia decisión queda reducida a una mera «reacción». Se reprime el hecho de que toda reacción es también una acción propia que implica una responsabilidad propia.La doble moral se barre debajo de la alfombraQue Estados Unidos e Israel puedan actuar en relación con Irán de forma contraria al derecho internacional sin que la UE imponga sanciones no cuenta. Que la mayoría de los Estados miembros de la ONU no hayan impuesto sanciones propias contra Rusia tampoco cuenta. Lo único que importa es la fidelidad al relato, la fidelidad a los propios líderes. La realidad —los bosques en llamas, la falta de capacidad para combatir los incendios y las críticas procedentes de España— queda subordinada a la ideología.Sin consideración por los propios perjuiciosGernot Rink lo resumió de forma seca y certera: «Como ocurre con todas las sanciones. Sin consideración por los daños propios.» Exactamente. El nuevo culto ya no necesita camisas pardas ni manifestaciones multitudinarias. Solo necesita comentaristas que vendan los insultos y las distorsiones de la causalidad como si fueran moral mientras Europa se consume entre el humo. La identificación con los líderes es tan profunda que las propias pérdidas aparecen como sacrificios necesarios. No es casualidad. Es la lógica del síndrome de Estocolmo en la era digital: se acaba amando la mano que te golpea, siempre que también pueda golpear al enemigo adecuado.Author: AI-Translation - АИИ | |
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