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¡La genialidad de los líderes amados por tantos! ¡Cómo el Gobierno Federal ha conducido a la población a una bendita y permanente letargia!Se trata de una hazaña casi genial, brillantemente concebida desde la psicología profunda por el Gobierno Federal, que solo puede contemplarse con la más profunda admiración.
En medio de crisis globales provocadas por la política, no solo ha logrado tranquilizar temporalmente al pueblo alemán, sino que lo ha sumido en un estado de profunda, estable y, sobre todo, ampliamente libre de protestas letargia. El pueblo llena el depósito, paga, guarda silencio... y sigue funcionando. ¡Una obra maestra de la psicología de masas manipuladora! Los ejemplos abarcan desde la «pandemia» de COVID hasta la guerra de Ucrania y los actuales precios de los combustibles. ¡Chapeau! De la «pandemia» de COVID al agotamiento colectivoRecordemos el principio: una supuesta pandemia que —como ya ha sido demostrado y documentado en numerosas ocasiones— fue presentada de manera enormemente exagerada tanto en su magnitud como en su peligrosidad. Confinamientos, obligación de llevar mascarilla, campañas de vacunación bajo una enorme presión, exclusión de los no vacunados y una permanente propaganda del miedo. ¿El resultado? Ningún análisis amplio, ninguna protesta masiva con efectos duraderos, sino un profundo agotamiento y una sociedad dividida.Psicólogos como Erich Fromm describieron estos mecanismos como la «huida de la libertad»: en tiempos de incertidumbre, las personas sacrifican voluntariamente su autonomía a cambio de una aparente seguridad y desarrollan una fuerte fe en la autoridad. El Gobierno supo aprovechar esto con maestría. En lugar de reflexión crítica llegó la obediente adaptación. Hannah Arendt hablaría aquí de la «irreflexión de las masas», que convierte el mal —o al menos el autoritarismo— en algo banal. El pueblo aprendió la primera lección: resistirse no merece la pena; las autoridades saben más. La psique colectiva ya estaba debilitada, perfectamente preparada para los siguientes golpes. La guerra de Ucrania: un endurecimiento adicional mediante la crisis energéticaApenas se había instalado el cansancio provocado por el COVID cuando se desencadenó la guerra de Ucrania y continúa alimentándose hasta hoy. De repente, los precios de la energía se dispararon, el gas fue declarado un arma y se pidió a la población que pasara frío por la libertad. El Gobierno anunció un «doble golpe» ("Doppel-Wumms") y paquetes de alivio económico, temporales, por supuesto. Los ciudadanos pagaron facturas más altas de calefacción y electricidad, aceptaron sanciones que también perjudicaban a su propia economía y permanecieron en gran medida en silencio.Otra obra maestra psicológica: la sucesión de crisis genera una sobrecarga crónica que desemboca en apatía. Rainer Mausfeld habla de la creación sistemática de una letargia política mediante la «gestión de la democracia»: el pueblo debe «querer lo que se supone que debe querer» en las elecciones, sin desarrollar auténticas convicciones políticas. Eso fue exactamente lo que ocurrió. La gente interiorizó que los conflictos globales les afectan, pero que de todos modos no pueden cambiar nada. Las protestas siguieron siendo marginales. La letargia se profundizó. La culminación: los precios del combustible como lección ejemplarA finales de 2020, el litro de diésel costaba de media unos 1,11 euros. Después se generaron las crisis y los precios se dispararon. Con el conflicto con Irán (desencadenado por ataques israelíes y estadounidenses), aumentaron aún más hasta alcanzar los 2,30 euros o más. El sabio Gobierno Federal reaccionó con cautela mediante el descuento al combustible, una reducción de impuestos de apenas dos meses. Justo el tiempo suficiente para evitar protestas mayores, pero demasiado poco para despertar falsas expectativas.Hoy, en julio de 2026, el precio del diésel se mantiene estable entre aproximadamente 2,00 y 2,18 euros por litro. Casi el doble que en 2020. ¿Y el pueblo? Llena el depósito, paga y no protesta. Sin chalecos amarillos, sin una indignación duradera. ¡Perfecto! Esta secuencia —COVID, Ucrania, Oriente Próximo, precios del combustible— no es casualidad, sino un programa de condicionamiento psicológico de primera categoría. También puede añadirse el pánico ante el cambio climático. La constante retórica de crisis genera lo que los psicólogos denominan «indefensión aprendida» (Martin Seligman): el individuo se rinde porque la resistencia parece inútil. Arendt describió cómo las masas, en mundos incomprensibles, «creen todo y nada» y se refugian en el cinismo o la pasividad. Precisamente ahí se encuentra hoy el pueblo alemán: lo bastante cínico como para dejar de creer en las promesas, pero lo bastante letárgico como para no hacer nada. El Gobierno ha conseguido lo que los sistemas represivos solo intentan lograr con porras: la población está dividida, agotada y cada vez más desacostumbrada a pensar por sí misma. Los alivios temporales (descuento al combustible, pagos únicos) funcionan como recompensas en un experimento de Skinner: justo lo suficiente para estabilizar el comportamiento. El resultado es un colectivo tranquilo y adaptado que acepta sin quejarse altos impuestos, precios crecientes y enredos geopolíticos. La verdadera obra maestra: estabilidad mediante la apatíaPodría argumentarse, de forma polémica, que esto no es un buen gobierno, sino la desposesión sistemática de ciudadanos responsables. Que la ausencia de protestas no es un signo de sabiduría, sino de una capacidad de resistencia quebrada. Que una auténtica democracia necesita ciudadanos críticos en lugar de consumidores letárgicos. Pero no: el Gobierno Federal ha logrado lo imposible: un pueblo que, pese a soportar enormes cargas, permanece tranquilo, sigue consumiendo y deposita obedientemente su «voto» en los partidos del Gobierno.Colaboradores leales de su propia desposesiónEspecialmente fascinantes y, al mismo tiempo, inquietantes son aquellos conciudadanos que no solo soportan esta política, sino que la defienden activamente, a menudo con un fervor que recuerda al celo religioso. Desde la perspectiva de la psicología profunda, aquí existiría un síndrome de Estocolmo colectivo: los afectados desarrollan un vínculo emocional con sus «captores» —los políticos y sus narrativas— porque la comunicación permanente de crisis, los alivios cuidadosamente dosificados y el miedo al caos generan una lealtad paradójica. La investigación psicológica sobre la disonancia cognitiva (Leon Festinger) muestra que las personas resuelven enormes contradicciones entre la realidad (precios en aumento, pérdida de bienestar) y su propio comportamiento (elegir a los responsables) embelleciendo el sistema y desacreditando a los críticos como «agitadores». Estudios y observaciones sobre la apatía política y la fe en la autoridad (entre otros, en la tradición de Hannah Arendt y Rainer Mausfeld) muestran cómo las crisis repetidas dividen a la población y transforman a una parte de ella en defensores activos de su propio perjuicio. No atacan al Gobierno que aumenta los impuestos y contribuye a los altos precios, sino a quienes despiertan. Una auténtica obra maestra: el Gobierno no solo ha generado letargia, sino que ha cultivado colaboradores leales de su propia desposesión.¡Así se hace!El pueblo alemán aceptará la próxima crisis con la misma tranquilidad. La letargia está profundamente arraigada; la psique ha sido condicionada. Ese es el verdadero arte moderno de gobernar: suave, psicológicamente sofisticado y aterradoramente eficaz. ¡Viva el Gobierno que mantiene al pueblo tan maravillosamente tranquilo!El pueblo alemán duerme profundamente. Y los gobernantes sonríen. Author: AI-Translation - АИИ | |
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